ICTJ in the News

September 21, 2008

Recuerdos para olvidar (Spanish only)

El Colombiano

By David E. Santos

Verle de frente la cara la pasado. Mirarlo a los ojos y descubrir que en sus pupilas (o quizá en sus cuencas) está guardado el horror de los viejos y malos días. Reencontrar en los símbolos del arte y las esculturas la paz que quizá la justicia de los hombres no pudo dar en su momento. En el calor de la violencia.

Esta es la idea de los memoriales que a lo largo del mundo se dispersan como recordatorios del terror y la guerra. Una línea que se construye en la historia con la única esperanza de contribuir a un duelo y construir de nuevo, de forma más pacífica, una nación.

Cuenta Louis Bickford, director del programa de Memoria, Museos y Monumentos del Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ por sus siglas en inglés) con sede en Nueva York, que el arte y la reconciliación para tiempos de posguerra (incluso en tiempos de guerra misma) es quizá uno de los elementos clave en la transición de un pueblo para afrontar un pasado conflictivo y sobreponerse a él. De esto habló durante su charla en el Museo de Antioquia donde se realiza el encuentro Destierro y Reparación, al que vino especialmente, y también con Generación.

Los memoriales sirven más que para afrontar el duelo de las muertes o las desapariciones. Visualizan a las víctimas y responsabiliza a los culpables (sin las acusaciones tendenciosas que convierten al símbolo en espejo de resentimiento). Además, se transforman en elementos educativos que recuerdan el pasado para poder construir sobre él un paso al futuro.

Por último, y aunque algunos lo cuestionan, los memoriales de conflicto se pueden convertir con el paso de los años en motivadores del desarrollo económico, e incluso en puntos de referencia turística.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Alemania se edificó como una de las naciones que mejor han trabajado los ejercicios de construcción de memoria. Su mea culpa y su manera de afrontar el pasado tormentoso de la mitad del siglo XX, le permiten evitar con mayor fuerza que se repitan los hechos que los avergüenzan.

Aunque en menor medida Chile también es un ejemplo de memoriales con la llegada a la presidencia de Michelle Bachelet. La manida frase de aprender de la historia para que no se repita es utilizada por las víctimas, e incluso el mismo gobierno, para renovar en las mentes el terror de las dictaduras y evitar que las cifras de desaparecidos y asesinados pesen en los libros como números redondos. Sin nombres.

Cada construcción, sin importar si viene de la meticulosa planeación de los estamentos del Estado o de la espontaneidad ciudadana, se constituye al mismo tiempo en un espacio para no olvidar y para olvidar. Es la contradicción que aumenta su fuerza.

Están hechos para no olvidar lo que pasó (las masacres, las injusticias, las muertes), pero al mismo tiempo ayudan a cerrar la puerta y darle espacio a los nuevos tiempos para evitar que el futuro sea una repetición del pasado.

La forma en la que cada sociedad decide expresarse para lograr la reconciliación es un reflejo de su cultura.

Mientras en Perú, para homenajear a los cientos de miles de desaparecidos de final del siglo XX se creó El ojo que llora, una figura con millares de piedras limpias en las que cada familiar puede escribir el nombre del conocido que nunca apareció, en Camboya se edificó un espacio con restos de las víctimas del exterminio y el genocidio. ¿Uno es ético y el otro demasiado fuerte? No es deber de los extranjeros juzgarlos. Sería como cuestionar los rituales del entierro. O si queremos hablar de vida, sería como cuestionar las ceremonias de matrimonio.

Louis Bickford relata una historia curiosa que ejemplifica a la perfección el poder de los símbolos para superar las diferencias. Para dar un respiro a los conflictos en Bosnia y ante la falta de un ícono que unificara los diferentes lados del combate decidieron crear en la ciudad de Mostar, al sur, una estatua de Bruce Lee. Para todos los grupos del conflicto representaba por igual el valor, el coraje, la fuerza y la gallardía.

Aunque era imposible que Bruce Lee uniera a grupos tan diferentes como musulmanes y croatas, la estatua definió lo que todos sentían en común por un héroe que, aunque lejano, había dado alegría a un pueblo en guerra.

Nombres dispuestos en placas de metal que parecen infinitas en Argentina, sillas que recuerdan a profesores asesinados en Chile, o placas conmemorativas de las bombas de Hiroshima son ejemplos de las construcciones físicas para el recuerdo y el olvido.

Existen encumbrados por el valor simple de la cotidianidad, los espacios invisibles que adquieren fuerza en el recuerdo por ser lugares de acontecimientos trascendentales. El campo de la masacre de aquel año, la casa donde murió el mayor capo del narcotráfico, el edificio donde se completó una incursión violenta.

En Liberia hay un par de esos. Uno es terreno un baldío, ya florecido, donde todo aquel que pasa sabe que bajo tierra están los cuerpos de cientos y miles de personas asesinadas. Hay también, cerca, un retén en el medio de una vía donde se efectuó una masacre.

Todos los que pasan por ambos lugares recuerdan el hecho. Lo transmiten en historias. Hacen hasta lo imposible para no olvidar. Para olvidar al mismo tiempo. Se ha pensado en construir un monumento pero con el pasar de los años los lugares permanecen vacíos quizá porque la fuerza que se siente al transitarlos es lo suficientemente fuerte. Se le responde al recuerdo de la muerte con sus propias armas: el silencio y la nada.

"Recuerdos para olvidar" originally appeared in El Colombiano.

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