ICTJ in the NewsOctober 21, 2008 Learning from PeruEl Diario/La PrensaOprima aquí para la versión en español. By Juan E. Méndez and Mariclaire Acosta When the next U.S. president tries to find a balance between fighting terrorism and protecting civil liberties, he would do well to draw lessons from Peru, which is coming to terms with the brutal legacy of its own war on terror through the trial of former President Alberto Fujimori. Peruvian prosecutors hold Fujimori responsible for the deaths of 25 people in 1991 at the hands of the Colina Group, an anti-terror death squad of military intelligence officers. While the trial of a former head of state raises fascinating legal questions, it also provides the ultimate arena for debating means versus ends: Can an elected leader afford legal niceties while trying to quash a vicious insurgency? What freedoms can be sacrificed when conducting a war on terror? Fujimori's extreme path may seem unthinkable in the United States and other long-established democracies, but it provides a stern warning about executive power run amok. Fujimori was elected in 1990 promising to take a tough line against terrorism. Fighting among the Shining Path guerrilla group, the Tupac Amaru Revolutionary Movement (MRTA), and the Peruvian military and police had ravaged the country for a decade, and the little-known candidate pledged to bring it to an end. As president, Fujimori curtailed civil liberties and radically consolidated executive power. He took direct control of the intelligence services of the armed forces and police, including the then-secret Colina Group, which killed suspected members of Shining Path and political opponents of the government. Fujimori cited every sign of progress in the fight against terror as evidence that authoritarian tactics were superior to democratic ones. In 1992, he suspended the constitution and dissolved congress and the Supreme Court in the name of fighting terror. For a time, Fujimori's popularity climbed, though a robust domestic human rights movement kindled outrage over state abuses. Its brave members rejected the notion that the Peruvian people ought to be thankful for the assassinations, torture, kidnappings and bombings in the name of security. Over time it became apparent that government wrongdoing, including the torture of prisoners and extra-judicial killings, only escalated the conflict. It was patient, humble police work, not the tactics of special "anti-terrorism" squads or the suspension of civil rights, that eventually led to the arrest of Shining Path's leaders. Meanwhile, unchecked power let Fujimori benefit from massive corruption schemes, ranging from kickbacks for public works projects to running assault rifles for the Colombian guerilla army FARC. Fujimori resigned and fled Peru in 2000, overwhelmed by financial and political scandals. Peru won Fujimori's extradition after seven years of diplomacy and litigation. With it came the opportunity to demonstrate it could conduct a fair trial of the former president, rather than one motivated by revenge. Peru deserves credit and international support for doing so. The trial is essential for the future of Peru's democracy-and a lesson for every democracy fighting terrorism-because it is an effort to restore a basis for public morality while countering the legacy of a destructive regime. For eight months now, prosecutors have presented the testimony of victims and perpetrators in an effort to demonstrate the degrading consequences of government wrong-doing. In doing so, they are providing an answer to the Machiavellian argument that the goal of national security justifies all means. Fujimori's defense counsel argues that the court cannot find
him guilty without a smoking gun-written orders that directly link Fujimori to
specific crimes. Prosecutors are trying to demonstrate that Fujimori
orchestrated a clandestine counter-insurgency strategy based on deceitful
language, verbal orders and ambiguous memos that provided deniability to those
giving the orders and impunity to those following them. Their case draws on the
findings of a Truth and Reconciliation Commission established shortly after Fujimori's
resignation, an independent inquiry that documented the deaths and
disappearances of over 69,000 people during 20 years of fighting between
guerillas and government forces. Fujimori's trial is a worthy example for Latin America and the rest of the world, which has seen Indonesia's General Suharto escape prosecution in his own country and Saddam Hussein tried and executed in a chaotic process. By braving the pressure of angry Fujimori supporters at home, Peru is demonstrating its ability to rebuild its national institutions on the basis of public morality. By coincidence, Fujimori is likely to face a verdict within days of the U.S. presidential vote, on Nov. 4. Whoever the US president-elect may be, he should pause during his celebrations to contemplate Peru's achievement in facing the abuses in its recent past-and begin to think about how his administration can do the same. This article appeared in a shorter form in El Diario/La Prensa.
Por Juan E. Méndez y Mariclaire Acosta Luego de diez meses de testimonios, el juicio a Alberto Fujimori, antiguo presidente del Perú, entra a su fase final. Cuando el próximo presidente de los Estados Unidos enfrente el reto de luchar contra el terror y proteger al mismo tiempo las libertades civiles, haría bien en estudiar el caso del Perú, que, a través del juicio a Fujimori, confronta un oscuro capítulo de su historia. La justicia peruana acusa a Fujimori de ser el responsable de la muerte de 25 personas en 1991 a manos del Grupo Colina, un escuadrón de la muerte del servicio de inteligencia militar. El juicio a un ex-jefe de estado motiva preguntas legales fascinantes pero, ante todo, nos obliga a reabrir el viejo debate de medios versus fines: ¿Puede un gobierno permitirse el lujo de respetar la ley cuando combate una insurgencia brutal? ¿Qué libertades pueden ser sacrificadas cuando se lucha contra el terrorismo? El camino extremo seguido por Fujimori puede parecer impensable en los Estados Unidos, pero vale como severa advertencia sobre la locura del poder absoluto. Fujimori fue electo en 1990, prometiendo mano dura contra el terrorismo. La lucha entre Sendero Luminoso, el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA), y los militares y la policía peruana habían devastado al país por una década, y el entonces desconocido candidato prometió la victoria militar del Estado. Como presidente, Fujimori redujo las libertades civiles y fortaleció radicalmente el poder ejecutivo. Asumió el control directo de los servicios de inteligencia de las fuerzas armadas y la policía, incluyendo el entonces secreto Grupo Colina. En 1992, Fujimori suspendió la Constitución, disolvió el parlamento e intervino la Corte Suprema en nombre de la lucha contra el terrorismo. Luego, utilizó cada señal de progreso militar como prueba de que las tácticas autoritarias eran superiores a las democráticas. Por un tiempo, su popularidad creció, aunque un robusto movimiento de derechos humanos despertó la conciencia sobre los abusos que se estaban cometiendo y rechazó la idea de que el pueblo peruano debiera agradecer -en nombre de la seguridad- los asesinatos, torturas y secuestros de los escuadrones de la muerte. Pronto se hizo evidente que los delitos del gobierno, incluyendo la tortura y los asesinatos extra-judiciales, solamente alimentaban la espiral de violencia. Fue el trabajo paciente y humilde de algunos detectives, y no el Grupo Colina o los estados de emergencia, lo que eventualmente llevó al arresto del líder de Sendero, Abimael Guzmán. Mientras tanto, el poder desenfrenado le permitía a Fujimori beneficiarse de una corrupción masiva, que iba desde sobornos por obras públicas hasta el tráfico de armas para la guerrilla colombiana de las FARC. En el 2000, Fujimori, abrumado por múltiples escándalos de corrupción, debió renunciar y huir del país. Perú obtuvo la extradición de Fujimori luego de siete años de diplomacia y trabajo legal, abriendo la posibilidad de demostrar que el ex Presidente recibiría un juicio justo y no vengativo. Este esfuerzo merece un decidido apoyo internacional. El juicio es esencial para el futuro de la democracia peruana y una lección para toda democracia que enfrenta el terror, porque representa un esfuerzo genuino por restablecer la ética pública y rebatir el legado de un régimen destructivo. Durante diez meses, el fiscal ha presentado el testimonio de victimas y perpetradores demostrando las degradantes consecuencias del terror de estado. Con ello se da una respuesta contundente al argumento maquiavélico de que el fin de lograr la seguridad nacional justifica los medios más aberrantes. La defensa de Fujimori alega que la sala no puede declararlo culpable sin la pistola humeante de órdenes escritas que lo impliquen directamente con los crímenes. El ministerio público, por su parte, aduce que Fujimori orquestó una estrategia clandestina basada en lenguaje engañoso, órdenes verbales y documentos ambiguos que facilitaban ocultamiento a los jefes e impunidad a los subordinados. La acusación se sustenta en parte en los hallazgos de la Comisión de la Verdad y Reconciliación establecida poco después de la renuncia de Fujimori, una entidad independiente que documentó la muerte y desaparición de más de 69.000 personas durante el conflicto armado interno. El progreso del derecho internacional desde Nuremberg está del lado de la acusación. Tribunales nacionales e internacionales ya han establecido que los superiores pueden tener responsabilidad penal por las atrocidades cometidas por sus subordinados, tanto si les ayudaron a cometer los crímenes como si omitieron deliberadamente el deber de poner coto a los abusos. El juicio a Fujimori es un importante ejemplo para Latinoamérica y el resto del mundo, que ha visto en años recientes al General Suharto escapar a la justicia en Indonesia y a Saddam Hussein enjuiciado y ejecutado en un proceso caótico. Incluso enfrentando la furiosa presión de los partidarios de Fujimori, la justicia peruana está demostrando su capacidad de reconstruir la institucionalidad y la ética pública. Es probable que la sala pronuncie sentencia poco antes de la asunción del nuevo presidente americano. Quien sea el presidente electo, debería hacer una breve pausa para contemplar el ejemplo de una democracia que enfrenta los abusos de su pasado reciente y-tal vez-empezar a pensar sobre cómo emularlos. Este artículo apareció en una forma más breve en El Diario/La Prensa. |
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